¿Es inaceptable hablar mal de alguien que ya murió?

por Verónica Avalos Gutiérrez. Agosto 2017.
No sé ustedes pero a mí me pasa que cuando alguien ha fallecido, cercano o no tanto, y comienzo a narrar alguna peripecia o característica negativa de la persona, la impresión general que tengo es que todo el mundo se incomoda. Socialmente es algo que en forma tácita está aceptado. No se debe hablar mal de una persona que ya murió. Nunca lo he entendido.
Cuando uno muere se lleva lo bueno y lo malo que hizo, lo bien o lo mal que se comportó y además, deja impresa en las personas el tipo de persona que fue con cada una de ellas, familiares, amigos o hasta compañeros de trabajo.
También me ha pasado que hay personas que en un grupo eran totalmente encantadoras, y en casa, por decir un ejemplo, eran unos verdaderos demonios. ¡Uy! Dios guarde la hora en que estos familiares hablen mal del fallecido, se los comerán vivos todos aquellos con los que sí mantuvo una relación cordial e incluso derrochó carisma a más no poder.
En mi labor de acompañamiento de duelo he encontrado estas tristes historias. Éstas donde el que queda vivo es el malo de la película, y el muerto comienza a ser santificado apenas está puesto en el ataúd. Pareciera ser que socialmente consideramos a la muerte como una derrota y que como ésta no puede, ni podrá ser remontada por nadie, (la muerte es muy democrática a Dios gracias), se percibe como una pérdida para el fallecido, efectivamente, una pérdida de su propia vida.
¿Por qué está mal hablar mal de lo que hizo en vida? Total, ya está muerto. ¿Las únicas memorias que se deben guardar son de las personas que han sido ejemplo?,¿o sólo de los buenos momentos o de lo bueno que eran?. No lo creo. Tenemos a un John F. Kennedy, excelente presidente que llevó a un cambio destacadísimo a su país pero que no podía mantener los pantalones arriba, o al mismo Albert Einstein que sufría del mismo mal, una mente poderosa, pero muy díscola para ser fiel. Están muertos, y sí, eso que hicieron mal, no puede esconderse. Muchos de esos comportamientos cuando son expuestos, hacen comprender por qué los que quedan vivos, esto es, los que les sobreviven, se han comportado como lo hicieron en su vida y después de ella.
Cuántas mujeres casi hacen fiesta cuando muere su marido o viceversa. Se han librado de un lastre, de alguien que les hacía la vida más que imposible. ¿Cómo no van a hablar mal del que ya murió? Hay casos también en que cuando el victimario muere, efectivamente su víctima lo convierte en santo, y entonces escuchamos: “era una persona muy buena, pero con un carácter difícil”… Y de repente no sabe uno si se equivocó de capilla funeraria, porque de todos era sabido lo pésima persona que era el fallecido.
Creo que lo que hacemos en la vida, nos lo llevamos cuando morimos. ¿Y qué es eso, si no nos llevamos nada? Creo que lo que siempre subsiste es la reputación. Esa es la que dejamos presente. Esa reputación que se labró con un buen comportamiento y buenas decisiones, así también, la mala reputación, como aquel que era mentiroso aunque carismático, mal pagador pero muy simpático, deshonesto pero contaba buenos chistes o el colmo, un abusivo pero era tan guapo…
Hay una frase en el poema “Ulises” de Tennyson que dice: “Lo que somos, eso somos, debilitados por el tiempo y la fortuna, pero recios de voluntad para esforzarnos, para buscar, encontrar y no flaquear”. Así que, lo que somos, eso somos. Y lo que somos dejará de ser, pero permanecerá la reputación que labramos.
Unos son buenos para sus hermanos pero pésimos para sus esposas, muy buenos amigos, pero pésimos padres y así podríamos ir haciendo combinaciones.
La próxima vez que escuche a alguien hablar mal de un muerto, déjelo expresarse, tal vez encuentre una nueva dimensión de personalidad de aquel que usted pensaba que era un santo y además le hará un enorme favor al deudo, podrá expresar la rabia que la ha dejado sin expresar el que ya ahora descansa en santa paz y que donde se encuentre, ningún comentario negativo le hará daño alguno.