Una muerte justa

Una muerte justa - por Verónica Avalos. 26/Nov/2020

A un año de su partida, quiero hacer esta pequeña reflexión y tributo a mi hermano Arturo.
Durante todo este tiempo he pensado en su repentina muerte a los 67 años. Fue tan sorpresiva pero tan milagrosa al mismo tiempo. Venía de celebrar cinco días en la playa, a su hija, mi sobrina, por su cumpleaños.

No cabe duda que Dios no se equivoca. Arturo, Turo para todos, no llegó a este terrible año del Covid, lo que por un lado parece una bendición porque mi hermano fumó durante 40 años con mucha intensidad, lo que le provocó un enfisema que le hacía ya, cargar su oxígeno portátil durante el día y apoyarse en éste por las noches.

Digo que Dios no se equivoca porque precisamente con su condición de salud, veo que habría sido sumamente difícil para él vivir en esta contingencia sanitaria. Primero, odiaba estar encerrado. Siempre fue un espíritu libre para andar de un lado a otro, por eso fue el mejor vendedor de agroquímicos en su compañía durante muchos años, cumpliendo largas rutas de carretera en las zonas que tenía asignadas, además de su gran habilidad y don de gentes para entender bien a sus clientes. Fueron largas y solitarias rutas que durante años lo expusieron a muchos probables accidentes en carretera que afortunadamente nunca pasaron. Y segundo, habría estado aterrado de enfermarse y de ir a terminar conectado a un respirador.

Considero que muchas personas se labran con su vida, el llegar a una muerte justa. Creo que así fue para mi muy querido hermano. Siempre expresaba ese miedo de ir a parar al cuarto de un hospital y quedar conectado a mangueras que le impidieran vivir libremente. Siempre me decía que me encargaba que lo desconectaran.

Turo, fue un hombre muy generoso. Siempre compartió todo lo que él podía dar. Era de esas personas que se podía quedar él sin comer, pero te lo daba a ti. De esas personas no hay muchas en el mundo y menos en todas las familias. Tuvimos la suerte de contar con él.

Arturo tenía en su mente el ideal de una familia, su familia primigenia, como un lugar donde todos sus integrantes nos ayudáramos siempre. Pensaba, según platicamos varias veces, que si él así lo hacía, apoyando a sus hermanos, cuando él necesitara todos le ayudaríamos sin reserva. Tristemente se equivocó en algunos casos. Nunca recibió en igual forma lo que con tanta generosidad siempre dio. Literalmente era un hermano incondicional. Con una enorme capacidad para perdonar, de corazón noble y de entrega, recibió, como suele suceder en estos casos, muchas injusticias de algunos de sus familiares y uno que otro amigo.

Si necesitabas dinero, él te prestaba, aunque muchos, puedo adivinar, le quedaron a deber; si necesitabas ir a algún lado, él te llevaba; si hacía falta comprar algo, él lo compraba y ponía de su dinero a fondo perdido, si se lo regresaban, pues bueno para él, pero no lo esperaba.

No, no era ninguna clase de santo. Tenía sus grandes pasiones que lo dominaban. Durante mucho tiempo lidió con un carácter explosivo y fueron los años y la vida misma lo que lo llevaron a dominarlo poco a poco. Ya con la edad tenía una sabiduría práctica y resolutiva. Eso sí, siempre aderezaba sus conversaciones con un montón de palabras altisonantes. Nunca se le quitó, era parte de su personalidad. Tenía razón, muchas cosas no suenan igual sin agregarles un “vale madre” por decir lo menos.

Siempre, siempre, siempre, tuvo un gran amor y preocupación por nuestra madre, aunque durante toda la vida tuvieron duros encontronazos por diferencias de opinión, siempre estuvo al pendiente de ella y, para ella él siempre fue el hijo generoso y noble con el que podía contar.

Durante los últimos años, mi hermano enfrentó con valentía y fuerza de voluntad las consecuencias de aquellos cigarros fumados durante tantos años. Dentro de su falta de aire al hacer el mínimo esfuerzo, se hacía fuerte y no le gustaba que le ayudaran, sin embargo, creo que todos esos años fueron muy difíciles para él, no solo en su salud sino en su generoso corazón. Entre otras muchas cosas, se la pasaba también renegando de los “ingenieritos” que hacían las malas obras en la ciudad, de la insistencia en poner ciclovías en esta ciudad que se ha vuelto impractible, de la corrupción de los políticos. Verdaderamente se enojaba y se desesperaba.

Decía la doctora Elizabeth Kübler-Ross que cuando morimos, lo único que nos van a preguntar "allá arriba" es si hemos amado mucho. Creo que en su caso la respuesta fue un sí total. Creo que, como la mayoría, él también esperaba recibir de regreso el amor que daba. Espero que por mi parte se haya sentido muy querido. Hace muchos años, en uno de sus muchos pleitos con mi madre, anunció que se iba de la casa. Yo tenía doce años entonces, y aún lo recuerdo perfecto sentado en la cama de mi hermana hasta con la ropa que él usaba ese día. Yo lloraba, rogándole que por favor no se fuera y él, que me llevaba 12 años, le hizo caso a la niñita que no dejó de llorar hasta que lo convenció. Nunca se fue de la casa hasta que se casó.

No sé si realmente podemos construirnos una muerte justa, pero en el caso de mi hermano, creo que Dios sí tiene preparada una salida rápida y expedita para sus hijos más desprendidos y generosos. Arturo se la ganó.

Un beso hasta el cielo querido hermano.