por Verónica Avalos. Mayo 2017

En general, la mayoría de las personas considera que una persona mala es aquella que es capaz de lastimar, matar o abusar físicamente de uno o de muchos. En lo personal, considero que la maldad no requiere de tantas demostraciones. Una persona mala también es aquella que envidia o recela de otra, habla mal de ella a sus espaldas, la critica, realiza acciones que la perjudiquen y lo más preocupante de todo es que además se esfuerza por no hacer evidente su maldad. Esas personas son los que aquí llamo los villanos encubiertos. Esa maldad se convierte en una lesión moral igual de grave que si fuese un ataque físico.

Cuando se tiene un enemigo declarado, por lo menos, uno sabe a qué atenerse. Diría que hay decencia, si es que la hay, en que alguien se manifieste abiertamente en contra de uno. Las batallas serán parte de la guerra y sabrá cada quién cómo defenderse.

No es así con los villanos encubiertos. El atacado recibe estímulos positivos y ni se entera de que lo están atacando por la espalda. Son muy peligrosos. Son aquellos que odiando a una persona, le manifiestan cariño, aceptación y en algunos casos hasta amor. Todo fingido por supuesto. Estas personas se encuentran muy cerca de nuestra vida, nos rodean, entran en nuestras casas y en nuestras vidas, a veces bajo máscaras tan sutiles que sólo un ojo atento descubre.

¿Por qué es sutil esa máscara?, porque nadie podría recelar del afecto de un familiar cercano, sea éste herman@, prim@, ti@, sobrin@, o del amig@ de toda la vida, con el que se ha crecido e ido a la escuela. En el caso de que sea un familiar, es difícil llegar a considerarlo como un villano dado que se viene de una misma línea de sangre, creemos que la familia no hace daño, pero lo hace en muchas ocasiones.

El villano sufre cuando su envidiado es feliz, cuando puede desplazarse con seguridad en la vida, cuando los logros y éxitos son mayores o cuando a pesar de las caídas, la persona logra levantarse o no se hunde completamente. El villano está a la espera del momento de la “caída”, ésa caída que lo hará muy feliz porque entonces y sólo entonces el motivo de su rencor y celo, habrá mostrado que no se puede ser tan feliz. Mientras esto ocurre, el villano hace todo lo posible por no manifestar abiertamente su maldad. Lo hace hablando mal de esa persona, criticando, mintiendo si es posible, todo esto a sus espaldas, sin embargo, es capaz de llevar una buena relación con el objeto de su envidia, porque además necesita estar cerca de su víctima.

En el infierno de Dante, a los envidiosos se les castiga con los ojos vendados. Ese es su peor castigo, no ver a su envidiado.

La envidia, decían los antiguos “es la tristeza del bien ajeno”. Dicho así suena menos fuerte, sin embargo, es un pecado capital. La maldad que ésta genera es igual de destructora que el que mata físicamente.

De alguna manera de repente la vida hace que nos demos cuenta dónde está ese atacante encubierto, ese que ha sido el villano de nuestras vidas. Entonces es nuestra responsabilidad desterrarlo, alejarlo y considerarlo como el enemigo que es. Ninguna energía buena sale de alguien que te está deseando el mal o se alegra internamente con tu desgracia.

Cuando alejamos a un villano así en nuestras vidas, se corre un duelo más triste que duro. Una persona en quien se confiaba, pero sobre todo a quién se le tenía cariño, tiene que ser desterrada de nuestras vidas para fin de poder seguir adelante. Doloroso pero necesario.

¿Identifica usted a algún villano encubierto en su vida?